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La próstata es una pequeña glándula que segrega la mayor parte del líquido del semen. Es una parte clave del aparato reproductor masculino que está íntimamente ligada a las vías urinarias, rodeando una sección de la uretra, en la que hay unos poros a través de los cuales secreta el semen. Normalmente es un órgano sano en el hombre joven, pudiendo sufrir tres grandes tipos de problemas con el envejecimiento: prostatitis, hiperplasia prostática benigna y cáncer de próstata. Hasta ahora no se ha demostrado que las dos primeras conduzcan a la tercera. La hiperplasia benigna de próstata es el resultado del crecimiento no canceroso del tejido prostático, al parecer debido a cambios hormonales que se producen con el envejecimiento. A los 60 años la mitad de los varones presentan síntomas microscópicos de hiperplasia, y a los 70 años el 40% presenta un aumento del tamaño de la próstata detectable por exploración. La hiperplasia prostática benigna no suele afectar a la función sexual, pero produce un aumento de la presión sobre la vejiga urinaria y la uretra que dificulta el flujo de la orina. Por ello la micción se inicia con dificultad, con pequeñas gotas, aumenta la frecuencia, suele presentarse una urgencia por orinar y una sensación molesta porque la vejiga no termina de vaciarse, lo que puede conducir a un aumento de las infecciones, cálculos y hemorragias vesicales. En caso de producirse bloqueo completo de la uretra, se requerirá un inmediato sondaje para drenar la orina. Forzar el vaciado solo conduce a un empeoramiento de la funcionalidad de la vejiga y a un aumento de la presión hacia arriba que puede provocar lesiones renales. Se diagnostica mediante historia clínica, tacto rectal y niveles de antígeno prostático específico (PSA), que se produce cuando se aumenta el tamaño de la próstata y que por tanto también es útil en diagnostico del cáncer de próstata. Otras exploraciones, como la medición de la velocidad del chorro de la orina, presión intravesical durante la micción u orina residual al final de la misma pueden ayudar a determinar si se ha producido un daño en la vejiga o los riñones. En los casos leves o moderados el tratamiento consistirá en una observación expectante, con controles periódicos y medidas generales, como limitar la ingesta de líquidos por la tarde, así como de cafeína y alcohol que predisponen a la micción nocturna. Hay que tomar el tiempo necesario para vaciar la vejiga, y se debe evacuar orina con frecuencia. Algunos fármacos pueden empeorar los síntomas. Este es el caso de algunos antitusígenos y antigripales, tranquilizantes, antidepresivos y antihipertensivos. En los casos más graves se puede utilizar terapia farmacológica, menos eficaz que la quirúrgica, pero a menudo suficiente, y la primera opción terapéutica. Entre los fármacos con utilidad en estos casos tenemos los bloqueantes alfaadrenégicos que relajan la porción muscular de la próstata permitiendo un mayor flujo de la orina. Actúan en pocos días y entre sus efectos secundarios encontramos mareo, fatiga y dolor de cabeza. También se puede usar finasterida, que evita la activación de la testosterona. Es más útil en pacientes con próstata de mayor tamaño, pero necesita unos 6 meses para ejercer su acción. Puede disminuir la actividad sexual, por disminución del apetito sexual, disminución de la erección y dificultad para la eyaculación. Actualmente esta bajo investigación la utilidad de la combinación de ambos fármacos. También se han usado algunos agentes fitoterapéuticos, que pueden aliviar los síntomas en algunos pacientes y tienen escasos efectos secundarios. Entre estos encontramos los extractos de palma enana, Pigeum, y otros. Este tratamiento farmacológico ha disminuido el tratamiento quirúrgico, pero todavía se sigue utilizando este frecuentemente, siendo la técnica más habitual la resección transuretral.
Palabras claves:
  • PROSTATITIS
  • CÁNCER
  • PROSTÁTICA
  • HIPERPLASIA
  • FINASTERIDA
  • CÁNCER
  • PRÓSTATA

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