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La artritis reumatoide (AR) es una forma común de artritis que causa dolor, inflamación, rigidez y pérdida de la función de las articulaciones. Puede afectar a diferentes articulaciones del cuerpo, especialmente las manos y los pies, y causar daños en cartílagos, huesos, tendones y ligamentos de las articulaciones. Es más frecuente en mujeres que en varones, en una proporción de tres a uno y, aunque puede comenzar entre los 25 y los 55 años, también afecta a niños y ancianos. En algunos casos, los síntomas aparecen y desaparecen, pero en otros duran toda la vida. Se desconoce la causa de la enfermedad, aunque parece que algunas personas tienen una tendencia hereditaria a desarrollarla. Esta tendencia se asocia a la existencia de ciertos marcadores genéticos. El sistema inmunológico desempeña un papel importante en el desarrollo de la AR.

Las pruebas de laboratorio ayudan a establecer el diagnostico: la presencia de un anticuerpo llamado factor reumatoide puede ser un indicio de AR. Otros resultados de pruebas analíticas, como la anemia, valores elevados de sedimentación de eritrocitos, o proteína C reactiva, que indica la existencia de inflamación, pueden indicar la presencia de AR.

El tratamiento puede ofrecer una mejoría considerable de los síntomas. El éxito de este depende de que se haga un diagnóstico temprano. Es importante seguir una dieta sana que incluya las cantidades adecuadas de proteínas y de calcio, así como evitar el consumo de alcohol y tabaco. El ejercicio físico controlado por un monitor especializado, en especial la gimnasia acuática, ayuda a conservar la movilidad de las articulaciones. Sólo en casos muy extremos se recurre a la cirugía para reemplazar la articulación dañada mediante artroplastias.

En cuanto a la terapia farmacológica, los medicamentos se utilizan para aliviar los síntomas y modificar la enfermedad. Los medicamentos que se prescriben con más frecuencia son:

- Analgésicos. No reducen la inflamación, únicamente alivian el dolor. Se utilizan: paracetamol, propoxifeno y tramadol. Los opiáceos no se recomiendan para el tratamiento de la AR.

- AINE y aspirina. Alivian el dolor y la inflamación. Pueden tener efectos secundarios. o Glucocorticoides. Alivian los efectos de la AR pero provocan efectos secundarios importantes. Es necesario ajustar la dosis al mínimo y abandonar el fármaco de forma progresiva. Pueden inyectarse directamente en la articulación afectada en casos agudos.

- Metotrexato. Es un fármaco antirreumático modificador de la enfermedad (FARME) que se utiliza en el tratamiento de la AR, pero tiene efectos secundarios graves, especialmente para el hígado.

- Leflunomida. Es un FARME que tiene efectos negativos sobre el hígado, la piel y el sistema gastrointestinal.

- Sulfasalazina. Es un derivado de la mesalazina y pertenece al grupo de las sulfonamidas. Se trata de un fármaco con efecto antibiótico y antiinflamatorio que contiene azufre. Tiene efectos secundarios que incluyen erupciones dérmicas y efectos negativos sobre glóbulos blancos, plaquetas y sobre el hígado.

- Azatioprina. Es un fármaco inmunosupresor cuyo uso no está exento de riesgos. Debe emplearse con precaución y durante un período limitado de tiempo.

- Agentes biológicos. Llamados también modificadores de la respuesta biológica, actúan bloqueando la acción del factor de necrosis tumoral (TNF), que desempeña un papel importante en la inflamación y en el daño tisular. Son: etanercept, infliximab (que se usa en combinación con metotrexato), anakinra, que actúa bloqueando la acción de una citoquina inflamatoria, la interleuquina 1, y adalimumab, que se utiliza para combatir la AR moderada y grave que provoca daño tisular.

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