Se considera que una mujer gestante presenta anemia cuando pasado el primer trimestre del embarazo la hemoglobina es inferior a 11g/100mL, con un hematocrito inferior al 35%. En el 90% de los casos la anemia es ferropénica, pues durante el embarazo las necesidades de hierro se triplican. Concentraciones inferiores a 6g/100mL aumentan la morbimortalidad fetal.
Al detectarse la anemia se deben administrar suplementos de hierro, a partir del segundo trimestre, considerándose de elección el sulfato ferroso. Las dosis de estos suplementos de hierro se expresan en cantidades de hierro elemental (30-120 mg/día). Los productos de liberación sostenida no deben usarse puesto que liberan el hierro pasada su zona de mejor absorción.
El hierro no se debe administrar durante el primer trimestre del embarazo, puesto que se desconoce su seguridad en este periodo, pero se puede utilizar durante el resto del embarazo al no existir evidencia de que sean perjudiciales ni para la madre ni para el feto.
El hierro puede originar pirosis, náuseas, estreñimiento o diarrea. Ocasionalmente macrocitosis, aunque lo más probable es que ésta se deba a un déficit de folato no diagnosticado, la cual se trataría con ácido fólico.
A partir del segundo trimestre de embarazo se puede administrar ácido fólico (0.8-1 mg/día), pero no se debe hacer en caso de anemia megaloblástica por déficit de vitamina B12, puesto que puede remitir la sintomatología hematológica, pero no la neuronal, por lo que hay que recurrir a la vitamina B12.
El ácido folínico es considerado por la FDA como alternativa al fólico en los casos en que éste no se pueda utilizar (p. Ej. el déficit de tetrahidrofolato reductasa), para el tratamiento de la anemia megaloblástica asociada al embarazo.
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NewsLetter de abstracts redactados por expertos del programa y con la colaboración de profesionales de la salud que trabajan en diferentes ámbitos asistenciales.